¿Tienen los pobres “derecho a tener derechos”?

La derecha católica en su encrucijada

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A pocas horas de la llegada del papa León XIV a Madrid, Isabel Díaz Ayuso convirtió el debate sobre la regularización de personas migrantes en una escena casi perfecta de nuestra confusión moral. La presidenta madrileña se burló de la izquierda por haberse vuelto, de pronto, «capillita», como si la apelación al cristianismo en defensa del extranjero pobre fuera una impostura sentimental, una maniobra oportunista o una ingenuidad fuera de lugar. Pero el problema no estaba en la sinceridad religiosa de sus adversarios. El problema estaba en la frase que ella misma eligió para definir la regularización: «importar pobreza masiva». (*)

La expresión es relevante porque no rechaza solo una medida administrativa. Condensa una visión del mundo. El migrante no aparece allí como una persona que trabaja, forma parte de una vecindad, tiene familia, es creyente o no, estudia, cuida, es camarero o albañil, empleada doméstica o cuidadora de otras personas vulnerables. No. Aquí el migrante aparece como «pobreza importada», como amenaza que llega desde fuera para deteriorar o corromper un orden que se presupone propio, legítimo y amenazado desde la exterioridad. La pobreza deja de ser una relación social producida por estructuras económicas, laborales, políticas y urbanas. Se convierte en atributo del extranjero. El pobre no es alguien empobrecido; es alguien que trae pobreza consigo.

La escena resulta aún más significativa por su marco religioso. Una parte de la derecha española conserva el cristianismo como patrimonio cultural, como marca civilizatoria, como reserva simbólica frente a la secularización, el islam, el progresismo o la pérdida de identidad nacional. Pero cuando el cristianismo se traduce en una exigencia concreta ante el extranjero pobre, cuando deja de funcionar como bandera cultural y comienza a interpelar políticamente la organización de la comunidad, se vuelve incómodo. Entonces aparece la burla: los demás son «capillitas», «más papistas que el papa», ingenuos que no entienden la dureza del mundo real.

Ahora bien, no se trata de juzgar la fe de nadie. La cuestión es otra: ¿qué ocurre con una derecha que invoca la herencia católica como identidad, pero se incomoda cuando esa misma herencia le recuerda la presencia del pobre, del extranjero y del vulnerable? ¿Qué ocurre cuando una sociedad que se dice heredera del cristianismo convierte al migrante pobre en amenaza y al migrante rico en oportunidad?

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¿Subhumanos? Milei, Gaza y la política de las vidas sobrantes

La palabra «subhumanos» debe aparecer como interrogación, no como afirmación. Nombra la operación que vuelve posible la crueldad política: reducir al otro a una forma inferior de existencia. En la Argentina de Milei, esa operación se reconoce en una lengua pública saturada de insultos: «kukas», «zurdos de mierda», «orcos», «mandriles», «parásitos del Estado», «enemigos de la libertad». No se trata solo de vulgaridad retórica. Se trata de una pedagogía de la deshumanización. Una sociedad que se acostumbra a nombrar así a sus adversarios también se acostumbra a verlos sufrir sin escándalo. Por eso el espejo de Gaza resulta tan insoportable. Allí, el lenguaje de la deshumanización ha acompañado una destrucción material extrema: palestinos convertidos en amenaza indiferenciada, civiles reducidos a sospechosos, una población entera tratada como obstáculo. La comparación no borra las diferencias entre Argentina y Palestina; las presupone. Pero permite advertir una continuidad moral: cuando el lenguaje político abandona la idea de humanidad común, la violencia deja de aparecer como crimen y empieza a presentarse como saneamiento, defensa, ajuste o liberación.

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Defensa de tesis doctoral: «La vida en la historia. Más allá de la biología, la fenomenología y las ciencias cognitivas»

La defensa pública de la tesis doctoral La vida en la historia. Más allá de la biología, la fenomenología y las ciencias cognitivas tuvo lugar el día17 de abril de 2026, a las 12.00 horas, hora peninsular española, en la sala de grados A. Calsamiglia.

La investigación fue tutorizada por la profesora Raquel Bouso García y contó con los informes externos de Manuel Heras Escribano y Raúl Fornet-Betancourt. El tribunal estuvo integrado por Raúl Fornet-Betancourt —RWTH Aachen University—, Enrique Del Percio —Universidad de Buenos Aires— y Natàlia Cantó Milà —Universitat Oberta de Catalunya—.

El texto que sigue reproduce la intervención preparada para la defensa. En ella se presenta el itinerario intelectual que conduce a la tesis, se expone su hipótesis principal y se sintetiza el desplazamiento argumental que propone: pasar de una comprensión de la vida centrada en la autoorganización, la autonomía y la producción inmanente de sentido, hacia una concepción de la vida como apertura constitutiva a la exterioridad, en diálogo crítico con el enactivismo vareliano, la fenomenología, las ciencias cognitivas y la filosofía de la liberación.

Texto de la defensa

Buenos días. Quiero agradecer a los miembros del tribunal su presencia y el tiempo que han dedicado a este trabajo, así como a la profesora Raquel Bouso por su acompañamiento a lo largo de esta investigación.

Antes de presentar la tesis, quisiera situar brevemente el itinerario intelectual del que surge.

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Relaciones (geopolíticas) peligrosas

Hay nombres que no circulan en el espacio público occidental como meras referencias históricas, sino como signos cargados de autoridad moral. Tíbet, Israel, Venezuela y Cuba pertenecen, de maneras muy distintas, a esa constelación. No son casos equivalentes: no tienen la misma historia, ni la misma estructura política, ni ocupan el mismo lugar en el orden internacional. Sin embargo, comparten una función inquietante: pueden operar como figuras privilegiadas en la gramática imperial que distribuye la compasión, administra la indignación y legitima determinadas formas de violencia.

No me propongo aquí tomar posición sobre la cuestión tibetana frente a China, sobre Israel y Palestina, sobre el exilio cubano frente al castrismo o sobre el exilio venezolano frente al chavismo. El punto es otro: examinar cómo ciertas experiencias de sufrimiento, exilio, persecución o pérdida son transformadas, dentro del campo occidental, en credenciales de autoridad política y justificación moral. Cuando esa transformación se consuma, el potencial crítico de esas causas queda neutralizado: la herida deja de interrumpir el orden y comienza a ser administrada por él; sus representantes, a su vez, corren el riesgo de quedar cautivos del mismo bloque de poder que les concede visibilidad.

Tíbet puede funcionar como imagen espiritual de una nación oprimida por China. Israel puede presentarse como memoria viva de la persecución y del retorno. El exilio cubano puede aparecer como testimonio privilegiado contra el comunismo. El exilio venezolano puede ocupar el lugar de prueba viviente del fracaso del socialismo bolivariano. En todos los casos, el sufrimiento invocado puede ser real. Pero la realidad del sufrimiento no garantiza la inocencia de su uso político.

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La flotilla

Sobre la pacificación como control y la paz como justicia

1. La flotilla y el precio de la paz

La flotilla no cuestiona solo el bloqueo de Gaza. Cuestiona la paz que se quiere imponer: una paz sin justicia, sin reparación y sin reconocimiento; una paz entendida como cierre del expediente, administración del daño y normalización de la violencia.

Su importancia excede la ayuda que transporta. Interrumpe el intento de convertir Gaza en un problema técnico, humanitario o militar, pero no en una acusación contra el orden internacional que ha permitido su destrucción.

El marco no debe minimizarse. Gaza no es una crisis humanitaria abstracta ni un episodio más de la violencia en Oriente Medio. Organizaciones internacionales, organismos de derechos humanos y tribunales han situado lo ocurrido en el campo jurídico y político del genocidio. Amnistía Internacional afirmó en diciembre de 2024 que Israel estaba cometiendo genocidio contra los palestinos en Gaza. En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sostuvo que Israel había cometido genocidio en la Franja. La Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el caso presentado por Sudáfrica bajo la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, con medidas provisionales ordenadas desde enero de 2024. Israel rechaza esas acusaciones. Pero el debate ya forma parte del lenguaje jurídico, diplomático y moral de nuestro tiempo.

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¿«Nacidos para florecer» o «entrenados para no ver»?

La inquietante distopía de Born to Flourish, de Richard Davidson y Cortland Dahl.[1]

Hay libros cuya ingenuidad es demasiado sofisticada para ser inocente. Born to Flourish, de Richard Davidson y Cortland Dahl, pertenece a esta categoría. Su tesis general parece amable: los seres humanos nacemos con la capacidad de «florecer», y ese florecimiento puede cultivarse mediante el entrenamiento de habilidades como la conciencia, la conexión, la comprensión de uno mismo y el propósito. Nada de esto, considerado de manera abstracta, resulta objetable. ¿Quién podría estar contra la posibilidad de vivir con mayor sentido? El problema comienza cuando estas categorías se presentan como si pudieran flotar por encima de la historia, de la economía política, de la violencia imperial, de la devastación ecológica y de las condiciones materiales que hacen posible el malestar contemporáneo.

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La vida en la historia: un proyecto crítico al enactivismo vareliano

Introducción

En los últimos años he orientado mi trabajo al estudio crítico de la obra de Francisco Varela y del enactivismo desarrollado por sus herederos. De esa investigación —filosófica, histórica y ética— ha surgido un libro que espero publicar en breve que lleva por título La vida en la historia. Más allá de la biología, la fenomenología y las ciencias cognitivas.

Este proyecto continúa la línea abierta en mis tres obras anteriores: Constelaciones de la identidad. Charles Taylor y sus interlocutores (2010); Miseria planificada. Derechos humanos y neoliberalismo (2018); y Mente y política. Dialéctica y realismo desde la perspectiva de la liberación (2024). En todas ellas comparece una misma preocupación: interrogar las formas modernas de clausura del sentido —científica, política o espiritual— y pensar, frente a ellas, la exterioridad que las desborda.

El texto que sigue es el proemio de ese libro. Según dicen, el término procede del griego prooímion (pro- “antes”, oimē “canto”) y designaba, en la tradición helénica, el canto inicial que abría los poemas épicos y los tratados filosóficos. No era una introducción externa o explicativa, sino un umbral de sentido: el momento en que el pensamiento se anuncia a sí mismo antes de su desarrollo sistemático.

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Manufacturando el consenso: opacidad en la “participación enactivista”

En una entrevista publicada recientemente en el diario El País, Shoshana Zuboff, autora de The Age of Surveillance Capitalism, sostiene una tesis inquietante: la inteligencia artificial no constituye una ruptura histórica, sino la continuación —y radicalización— del llamado «capitalismo de la vigilancia», un régimen cuya eficacia depende de una opacidad estructural que convierte la participación en un mecanismo de captura del sentido.

Más allá de su valor inmediato para pensar la tecnología contemporánea, la entrevista ofrece una ocasión fecunda para abordar un problema filosófico que ha atravesado mi trabajo de los últimos años: el problema de la opacidad participativa, no entendida como defecto técnico ni como mera carencia de transparencia, sino como estructura constitutiva de ciertos sistemas de producción de sentido.

Zuboff insiste en que el capitalismo de la vigilancia solo puede funcionar si sus operaciones permanecen ocultas. La captura de datos, la modelización del comportamiento, la predicción y la modulación de la acción no pueden hacerse plenamente visibles sin perder legitimidad social y jurídica. La opacidad no es accidental: es condición de posibilidad. Si los sujetos supieran realmente cómo se extrae y se utiliza su experiencia, el sistema entraría en crisis. La vigilancia necesita presentarse como interacción.

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Geopolítica del racismo

El racismo se presenta habitualmente como un residuo del pasado: una patología moral o prejuicio cultural, cuyo retorno a la esfera pública debe entenderse como una deriva ideológica propia de los márgenes de la política. Se trata al racismo como un exceso que el progreso civilizatorio estaba llamado a superar, que hoy es incentivado por los «discursos bárbaros» de la extrema derecha. Sin embargo, los hechos obligan a formular otra hipótesis: que el racismo no es un error o desviación del sistema, ni supone el retorno de una sombra del pasado, sino que es uno de sus principios centrales de funcionamiento que no opera solo en el plano cultural o simbólico, sino como racionalidad geopolítica para ordenar el mundo, jerarquizarlo, y decidiendo a través de ello qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre de los «civilizados».

Esta sospecha no surge de la nada. Se impone en los hechos: la persecución sistemática de inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos; la presión creciente contra países como Venezuela; la complicidad de élites locales que desprecian abiertamente a sus propias mayorías populares; el doble estándar del discurso europeo sobre derechos humanos; y, como telón de fondo, la indefensión estructural del pueblo palestino frente a una violencia que ya no necesita justificación para ejercerse obscenamente.

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Pensar desde la intemperie: una crítica de las filosofías del búnker

Vivimos en una época en la que eso que todavía llamamos “racionalidad” se ha reducido a pensamiento sistémico. No me refiero a una teoría aislada, ni a una disciplina en particular, sino a un clima intelectual que atraviesa la cibernética, la teoría de sistemas, las ciencias cognitivas, la inteligencia artificial y buena parte del pensamiento filosófico contemporáneo, complacido —cuando no embobado— con estas propuestas totalizantes. Ese clima descansa sobre una convicción básica: que la vida, la mente y la sociedad pueden comprenderse acabadamente como procesos autorregulados, redes adaptativas y circuitos de interacción cuya finalidad última no es la transformación radical, sino la continuidad del propio sistema. Es una forma de pensar que confía en que todo puede explicarse dentro del horizonte de la inmanencia, donde no hay exterioridad verdadera y donde toda alteridad queda reducida a flujo de información.

Esta forma de racionalidad técnica no es un fruto accidental. Nace en la modernidad tardía como un modo de asegurar su propia supervivencia y favorecer su autoexpansión mediante dispositivos de control, tecnologías de estabilización y modelos de gestión cada vez más sofisticados. En este contexto, la filosofía académica parece haberse convertido —muchas veces de manera involuntaria— en un instrumento dedicado a sostener la ilusión de estabilidad. De allí surge lo que aquí denomino la “filosofía del búnker”: una filosofía elaborada desde lugares protegidos, desde espacios donde la continuidad del mundo sigue resultando concebible, donde el conflicto aparece como un accidente corregible y donde la vida se piensa bajo la lógica del equilibrio. Esta filosofía del búnker mira el mundo desde una noción de seguridad funcional e institucional y, por lo tanto, lo concibe como un sistema capaz de autorregularse tanto lingüística como operativamente.

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