Ética o geopolítica. La comunidad budista frente al genocidio en Gaza

Hay circunstancias en las que una tradición queda expuesta a sus propios criterios morales. No porque sus principios se modifiquen, sino porque deben aplicarse fuera de las condiciones en las que fueron originalmente formulados. Gaza constituye uno de esos momentos para el budismo contemporáneo.

La ofensiva israelí posterior al 7 de octubre de 2023 no comenzó en un vacío histórico, como explica la propaganda israelí. En 1948, alrededor de 750.000 palestinos perdieron sus hogares y medios de vida. Hoy, alrededor de 5,9 millones de refugiados palestinos reciben ayudas de UNRWA [1]. Desde 1967, Israel ocupa Cisjordania y Jerusalén Este. En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia consideró ilegal la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado y señaló, entre otras cosas, la expansión de asentamientos, las confiscaciones de tierras, el desplazamiento forzoso y las medidas discriminatorias aplicadas a la población palestina [2].

En diciembre de 2024, Amnistía Internacional concluyó que Israel había cometido y continuaba cometiendo genocidio contra la población palestina de Gaza. Su informe documentó asesinatos de civiles, destrucción de infraestructura, desplazamiento forzoso, restricciones de agua, alimentos, energía y ayuda humanitaria, y analizó conjuntamente esas prácticas y las declaraciones de dirigentes israelíes [3].

El acceso independiente a Gaza ha estado además severamente restringido. Israel ha impedido durante la guerra la entrada libre de periodistas internacionales, de modo que gran parte de la documentación ha dependido de periodistas palestinos que trabajaban dentro del territorio. En junio de 2026, el Committee to Protect Journalists había verificado 209 periodistas y trabajadores de medios muertos por fuerzas israelíes en Gaza y centros de detención israelíes desde octubre de 2023 [4]. Tras revisar su propia base de datos, CPJ seguía señalando en septiembre de 2026 que las fuerzas israelíes eran responsables de la gran mayoría de los periodistas muertos en Israel y los territorios palestinos desde 2023 [5].

La controversia reciente en torno al documental NAZA permite observar otro aspecto de este problema. Dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, el documental recoge testimonios procedentes del propio aparato militar y de inteligencia israelí sobre los procedimientos utilizados para seleccionar objetivos en Gaza y calcular anticipadamente las víctimas civiles, definidas mediante el acrónimo NAZA como «daños colaterales». Como explicaron recientemente los directores en una entrevista a The Guardian, el documental reconstruye un sistema en el que el número previsto de civiles muertos forma parte del propio procedimiento de selección y autorización de los ataques [6]. La película recibió el Premio Especial del Jurado en Venecia en septiembre de 2026 [7]. La respuesta política dentro de Israel fue inmediata. El ministro de Cultura, Miki Zohar, anunció que intentaría retirar la ciudadanía israelí a Abraham y Szor y los acusó de traición. Benjamin Netanyahu calificó la película de intolerable [8]. La controversia resulta significativa porque muestra que la discusión sobre Gaza no se refiere únicamente a los hechos, sino también a las condiciones bajo las cuales esos hechos pueden ser investigados y expuestos públicamente.

En este contexto apareció, en 2024, el texto de Bhikkhu Bodhi No Time for Silence. Bodhi es monje theravāda, uno de los principales traductores contemporáneos del canon pali y una figura reconocida del budismo estadounidense. Es también de origen judío. Su crítica estaba dirigida a su propia comunidad. Desde las primeras semanas de la ofensiva había buscado declaraciones de maestros, centros y publicaciones budistas sobre Gaza. Encontró algunas excepciones. Lo que predominaba, según su relato, era el silencio [9].

Bodhi observaba además una diferencia entre la base de practicantes y los dirigentes institucionales. Una petición por un alto el fuego redactada junto con Alan Senauke obtuvo cerca de dos mil firmas en pocas semanas, pero Bodhi seguía constatando una fuerte reticencia entre maestros y responsables budistas a intervenir públicamente.

Pocos meses después apareció Gaza: Calling for a Dharma Response, una publicación colectiva de maestros, monásticos, dirigentes de sanghas y practicantes. Su introducción señalaba expresamente que el silencio de maestros y centros había dejado a muchos miembros de las comunidades budistas sintiéndose abandonados. La publicación se proponía responder a ese silencio y al quietismo que identificaba dentro de las instituciones del Dharma [10].

La cuestión planteada por Bodhi era doctrinal además de política. En su interpretación, la ecuanimidad no exige suspender el juicio moral. Puede coexistir con la compasión y con una acción destinada a impedir o corregir un daño. Esta observación resulta relevante porque parte del lenguaje utilizado por las comunidades budistas ante conflictos políticos suele recurrir precisamente a la ecuanimidad, el diálogo, la superación del odio y la necesidad de evitar la polarización.

El contraste con la actividad política de las instituciones tibetanas en el exilio es claro. Durante décadas, la Administración Central Tibetana, el Parlamento Tibetano en el Exilio y las Oficinas del Tíbet han buscado activamente apoyo internacional para denunciar las políticas chinas en Tíbet. Su trabajo incluye contactos con gobiernos, parlamentos y organizaciones internacionales. La Oficina del Tíbet en Washington declara entre sus funciones movilizar a los poderes ejecutivo y legislativo de Estados Unidos y Canadá en favor de la resolución de la cuestión tibetana [11]. La Oficina para América Latina establece como misión equivalente movilizar a los poderes ejecutivos y legislativos de los gobiernos latinoamericanos [12].

No se trata, por tanto, de instituciones que hayan entendido tradicionalmente la práctica budista como retirada de la política. La defensa de los derechos humanos, la libertad religiosa, la preservación cultural y la no violencia ha sido una parte central de su actividad pública. En 2025 y 2026, el Parlamento Tibetano continuó desarrollando campañas de presión política, reuniones con parlamentarios y llamamientos a gobiernos extranjeros para obtener apoyo a la causa tibetana [13].

La diferencia con Gaza es visible. En la documentación institucional tibetana pública revisada desde octubre de 2023 no hemos encontrado una movilización comparable respecto de la población palestina. Esto no significa que no hayan existido pronunciamientos individuales de practicantes o maestros tibetanos. Cuando aparecen, sin embargo, pueden adoptar la forma de declaraciones generales que eluden la atribución de responsabilidades. Es el caso del propio Dalái Lama. En marzo de 2025 manifestó su tristeza por el sufrimiento de los inocentes en Gaza y llamó al diálogo y la negociación. Un año después volvió a referirse a los conflictos de Oriente Medio reclamando diálogo, diplomacia y respeto mutuo [14] [15]. En ninguno de los dos pronunciamientos menciona al gobierno israelí ni atribuye responsabilidad alguna por las matanzas y la destrucción de Gaza.

El contraste resulta todavía más significativo si atendemos al lenguaje utilizado para referirse al propio Tíbet. Cuando se trata de la situación tibetana, tanto el Dalái Lama como las instituciones del exilio identifican actores, describen políticas concretas, atribuyen responsabilidades y formulan demandas políticas precisas. No se limitan a reclamar genéricamente diálogo, paz o consideración mutua entre las partes. La diferencia no consiste, por tanto, en que el budismo tibetano rechace por principio la atribución política de responsabilidades, sino en que esa atribución aparece con claridad cuando se trata del Tíbet y desaparece cuando se trata de Gaza.

La situación geopolítica del exilio ayuda a entender el contexto de esta diferencia. Las instituciones tibetanas expresan regularmente su gratitud a India, Estados Unidos, Europa y Japón por el apoyo recibido desde 1959. En julio de 2025, el Parlamento Tibetano en el Exilio agradeció explícitamente a esos gobiernos y sociedades más de seis décadas de asistencia humanitaria, apoyo político y ayuda para preservar la identidad religiosa y cultural tibetana [16]. En junio de 2026, la presidenta del Parlamento volvió a agradecer al gobierno estadounidense su apoyo sostenido y destacó específicamente la relación de USAID con la Administración Central Tibetana [17].

La relación no es solo simbólica. En noviembre de 2024, USAID, The Tibet Fund y la Administración Central Tibetana pusieron en marcha conjuntamente un programa de cinco años destinado a reforzar la resiliencia económica, social y cultural de las comunidades tibetanas en India y Nepal [18]. India, por su parte, sigue siendo el espacio territorial fundamental del exilio tibetano y alberga sus principales instituciones políticas, educativas y religiosas.

Estas dependencias no permiten establecer una explicación causal del silencio sobre Gaza. Pero sí permiten situarlo dentro de una estructura concreta de relaciones políticas. Las instituciones tibetanas dependen para su continuidad de Estados que desempeñan un papel central en su protección internacional y que mantienen sus propias alianzas e intereses en Oriente Medio. Esa situación constituye el contexto material en el que se producen tanto sus declaraciones como sus silencios.

Existe además una particularidad histórica propia del sistema tibetano. Durante casi cuatro siglos, la autoridad política y espiritual estuvieron reunidas en la institución del Dalai Lama. El actual Dalai Lama renunció formalmente a su autoridad política en 2011 y transfirió esas responsabilidades a dirigentes elegidos democráticamente. Él mismo describió entonces el gobierno personal de una autoridad religiosa como anacrónico y defendió la separación entre liderazgo espiritual y responsabilidad política [19].

La democratización institucional es un hecho. Sin embargo, también lo es la persistencia de una estrecha relación simbólica entre autoridad religiosa, identidad nacional y representación política. La propia Oficina del Tíbet en América Latina se define simultáneamente como representación del Dalai Lama y de la Administración Central Tibetana. Entre sus funciones figuran tanto la difusión de sus compromisos espirituales como la movilización política en favor de Tíbet y el fortalecimiento de relaciones con centros budistas tibetanos [12].

Para los practicantes occidentales esta superposición plantea un problema. La recepción del budismo tibetano llegó acompañada, en muchos casos, de una determinada comprensión de la historia política tibetana. La solidaridad con Tíbet, la denuncia de la represión china y la autoridad espiritual de los maestros quedaron estrechamente asociadas. La separación formal entre religión y política producida en 2011 no elimina automáticamente esa configuración cultural.

El fenómeno resulta especialmente visible hoy en América Latina. Entre junio y septiembre de 2025, una delegación de monjes de Drepung Loseling, acompañada por representantes de la Oficina del Tíbet, recorrió Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica y México. La gira visitó veintiuna ciudades y combinó enseñanzas, ceremonias, actividades culturales y presencia institucional [20].

La propia Oficina del Tíbet afirma que uno de sus objetivos en la región es obtener apoyo de gobiernos y parlamentos latinoamericanos para la causa tibetana [12]. Este despliegue coincide con un momento de creciente competencia entre Estados Unidos y China en América Latina. Un informe del Congressional Research Service de mayo de 2026 señala que la segunda administración Trump convirtió el hemisferio occidental en una prioridad de política exterior y de defensa y reforzó explícitamente los esfuerzos destinados a limitar la influencia china y rusa en la región [21].

De esto no se sigue que el trabajo tibetano en América Latina sea una prolongación automática de la política estadounidense. Lo que pone de manifiesto es que se desarrolla dentro de un escenario en el que la cuestión tibetana posee también un valor geopolítico en la competencia entre Washington y Pekín. En América Latina, este contexto tiene además una historia específica. Durante la Guerra Fría, iniciativas religiosas, educativas y humanitarias procedentes de Estados Unidos se superpusieron con frecuencia con los objetivos de su política exterior. La historiografía ha documentado, por ejemplo, la estrecha relación entre sectores del evangelicalismo estadounidense, el anticomunismo y la acción del Departamento de Estado en la región. Billy Graham y otros dirigentes evangélicos presentaban públicamente sus misiones como religiosas, mientras mantenían contactos con responsables estadounidenses y participaban de un lenguaje común sobre democracia, libertad religiosa y anticomunismo [22].

Iván Illich había advertido antes sobre un problema semejante desde dentro del catolicismo. Su crítica a los programas misioneros norteamericanos en América Latina señalaba que la presencia religiosa podía funcionar, incluso sin una coordinación política directa, como vehículo de valores, modelos sociales y formas de autoridad procedentes de Estados Unidos [23]. En otros términos, estudios posteriores han mostrado también cómo el crecimiento de las redes evangélicas estadounidenses en América Latina quedó ligado a circuitos de política exterior, derechos humanos, anticomunismo y poder transnacional [24].

Brasil ofrece un caso ejemplar. Las relaciones entre organizaciones religiosas conservadoras brasileñas y estadounidenses tienen una historia larga y documentada. Esas redes no pueden reducirse a una operación dirigida desde Washington, pero tampoco pueden separarse completamente de la circulación hemisférica de recursos, organizaciones, discursos y proyectos políticos [25]. En ese marco, el actual despliegue tibetano en América Latina merece ser observado no solo como expansión religiosa o cultural, sino también como una presencia que se inserta en un espacio históricamente atravesado por la relación entre misión, influencia cultural y política internacional.

Para un practicante budista contemporáneo, estos elementos pueden distinguirse. La práctica religiosa, la solidaridad con el pueblo tibetano, la posición política de la Administración Central Tibetana y las alianzas internacionales de esa administración no son la misma cosa. Tampoco existe una razón doctrinal por la que deban ser asumidas conjuntamente.

El problema planteado por Gaza puede formularse entonces de manera bastante simple. Las instituciones budistas y tibetanas han desarrollado durante décadas un lenguaje público sobre compasión, no violencia, derechos humanos y responsabilidad internacional. También han reclamado que gobiernos y sociedades extranjeras apliquen esos principios al caso tibetano. Ante Gaza, parte de esas mismas instituciones ha mostrado una respuesta muy limitada y precavida que pone en duda su ecuanimidad.

La contradicción no necesita exagerarse. Basta con exponerla. Si los principios invocados en defensa de Tíbet son universales, su alcance no depende del lugar en que se produzca la violencia, ni de la identidad del Estado responsable. Gaza permite observar hasta qué punto esa universalidad se mantiene cuando entra en contacto con las alianzas, dependencias y condiciones políticas reales de las instituciones que la proclaman.

Referencias

[1] United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East. (s. f.). Palestine refugees. UNRWA. https://www.unrwa.org/palestine-refugees

[2] International Court of Justice. (2024, 19 de julio). Summary of the Advisory Opinion of 19 July 2024: Legal consequences arising from the policies and practices of Israel in the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem. https://www.icj-cij.org/node/204176

[3] Amnesty International. (2024, 5 de diciembre). Amnesty International investigation concludes Israel is committing genocide against Palestinians in Gaza. https://www.amnesty.org/en/latest/news/2024/12/amnesty-international-concludes-israel-is-committing-genocide-against-palestinians-in-gaza/

[4] Committee to Protect Journalists. (2026, 25 de junio). CPJ undertakes review of its documentation of journalists killed in Israel-Gaza war since 2023. https://cpj.org/2026/06/cpj-undertakes-review-of-its-documentation-of-journalists-killed-in-israel-gaza-war-since-2023/

[5] Committee to Protect Journalists. (2026, 24 de septiembre). CPJ completes review of journalists killed in Israel and the Occupied Palestinian Territory. https://cpj.org/2026/09/cpj-completes-review-of-journalists-killed-in-israel-and-the-occupied-palestinian-territory/

[6] Brooks, X. (2026, 11 de septiembre). ‘They know the house they are bombing is full of children’: NAZA’s directors on their devastating film about Israeli intelligence. The Guardian. https://www.theguardian.com/film/2026/sep/11/naza-directors-film-israeli-intelligence-rachel-szor-yuval-abraham-

[7] La Biennale di Venezia. (2026, 12 de septiembre). Official awards of the 83rd Venice International Film Festival. https://www.labiennale.org/en/news/official-awards-83rd-venice-international-film-festival

[8] RTVE.es. (2026, 13 de septiembre). Israel amenaza con retirar la ciudadanía a los directores del documental ‘Naza’, premiado en Venecia. https://www.rtve.es/noticias/20260913/ministro-cultura-israeli-amenaza-con-retirar-ciudadania-a-directores-del-documental-naza-premiado-venecia/17223333.shtml

[9] Bodhi, B. (2024, 29 de julio). No time for silence. One Earth Sangha. https://oneearthsangha.org/articles/no-time-for-silence/

[10] Sacred Justice Coalition. (2024, 27 de abril). Gaza: Calling for a Dharma Response [Webzine]. https://alokavihara.org/wp-content/uploads/2024/05/Gaza-Calling-for-a-Dharma-Response-updated-april-27-2024.pdf

[11] Office of Tibet. (s. f.). Office mission and role. https://tibetoffice.org/office-mission-and-role

[12] Oficina del Tíbet para América Latina. (s. f.). Misión y rol. https://spanish.tibetoffice.org/about/mision-y-rol

[13] Tibetan Parliament-in-Exile. (2026, 10 de marzo). Statement of the Tibetan Parliament-in-Exile on the commemoration of the 67th anniversary of the Tibetan National Uprising. Central Tibetan Administration. https://tibet.net/statement-of-the-tibetan-parliament-in-exile-on-the-commemoration-of-the-67th-anniversary-of-the-tibetan-national-uprising/

[14] Dalai Lama. (2025, 14 de marzo). A prayer for peace. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/news/a-prayer-for-peace

[15] Dalai Lama. (2026, 31 de marzo). Message. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/news/message

[16] Tibetan Parliament-in-Exile. (2025, 6 de julio). Statement of the Tibetan Parliament-in-Exile on the occasion of the commemoration of the 90th birthday of His Holiness the Great 14th Dalai Lama. Central Tibetan Administration. https://tibet.net/statement-of-the-tibetan-parliament-in-exile-on-the-occasion-of-the-commemoration-of-the-90th-birthday-of-his-holiness-the-great-14th-dalai-lama/

[17] Tibetan Parliament-in-Exile. (2026, 23 de junio). Speaker Dolma Tsering Teykhang meets US Embassy delegation. https://tibetanparliament.org/speaker-dolma-tsering-teykhang-meets-us-embassy-delegation/

[18] Central Tibetan Administration. (2024, 25 de noviembre). Five-year programme to strengthen economic, social, and cultural resilience of Tibetan communities in India and Nepal launched. https://tibet.net/five-year-programme-to-strengthen-economic-social-and-cultural-resilience-of-tibetan-communities-in-india-and-nepal-launched/

[19] Dalai Lama. (2011, 19 de marzo). His Holiness the Dalai Lama’s remarks on retirement. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/the-dalai-lama/biography-and-daily-life/retirement/retirement-remarks

[20] Central Tibetan Administration. (2025). His Holiness the Dalai Lama’s 90th birthday celebrated across Latin America. https://tibet.net/his-holiness-the-dalai-lamas-90th-birthday-celebrated-across-latin-america/

[21] Congressional Research Service. (2026, 26 de mayo). U.S. foreign policy in the Western Hemisphere: Issues for Congress (R48960). https://www.everycrsreport.com/reports/R48960.html

[22] Kirkpatrick, D. C. (2023). The Latin American bullring: US evangelicals and the reception of anti-Protestant violence from Cold War Colombia. Journal of American Studies, 57(4), 513–539. https://doi.org/10.1017/S0021875823000257

[23] Illich, I. (1967, 21 de enero). The seamy side of charity. America. https://www.americamagazine.org/from-our-archives/1967/01/21/seamy-side-charity/

[24] Lahr, A. M. (2007). Putting the trumpet to their lips. In Millennial dreams and apocalyptic nightmares: The Cold War origins of political evangelicalism (pp. 75–100). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780195314489.003.0004

[25] Cowan, B. A. (2021). Moral majorities across the Americas: Brazil, the United States, and the creation of the religious right. University of North Carolina Press. https://doi.org/10.5149/northcarolina/9781469662077.001.0001

Soberanía condicional. Apuntes sobre Malvinas y Ceuta

Hay coincidencias que no son muy significativas. Pero cuando las coincidencias se acumulan apuntando en una misma dirección, dejan de ser meros accidentes y comienzan a interpelarnos.

Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental cuando Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Años más tarde, Washington utiliza la cuestión de las islas Malvinas como instrumento de presión sobre el Reino Unido por las resistencias de este último a la hora de acompañar sus aventuras militares. Casi en simultáneo, un comité del Congreso de Estados Unidos empieza a hablar sobre el «futuro estatuto» de Ceuta y Melilla. Mientras tanto, España atraviesa uno de sus enfrentamientos diplomáticos más graves con Washington y con el Gobierno de Benjamin Netanyahu. Si pensamos en estos hechos de manera aislada, la secuencia admite explicaciones diversas. Observados conjuntamente, sugieren un patrón: las disputas territoriales comienzan a funcionar como moneda de cambio dentro de unas relaciones internacionales cada vez más «transaccionales».

El precedente más claro es Marruecos. En diciembre de 2020, Rabat se incorporó a la arquitectura de normalización árabe-israelí promovida por Donald Trump. Marruecos no fue el único país musulmán que participó en los llamados «Acuerdos de Abraham» —Emiratos Árabes Unidos y Baréin lo precedieron—, pero sí fue el único del Magreb [1]. Su incorporación tuvo, además, una característica decisiva: Estados Unidos acompañó la normalización de relaciones con Israel con el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. El 10 de diciembre de 2020, Trump proclamó oficialmente que Washington reconocía como parte de Marruecos la totalidad del territorio saharaui [2].

La importancia del episodio reside en la lógica que revela. Una cuestión vinculada al derecho de autodeterminación de un pueblo que Naciones Unidas continúa considerando pendiente de descolonización quedaba de este modo incorporada a una negociación geopolítica. La fórmula puede expresarse de manera sencilla: normalización con Israel a cambio de una ganancia diplomática territorial. La territorialidad se convierte de este modo en una pieza negociable dentro de una arquitectura regional diseñada por Washington.

España se encontró a partir de entonces ante una correlación de fuerzas desfavorable. Madrid no había reconocido formalmente a la República Árabe Saharaui Democrática, pero durante décadas había sostenido una posición más próxima al principio de autodeterminación promovido por Naciones Unidas. Esa posición cambió sustancialmente en 2022, cuando Pedro Sánchez pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto [3]. El giro llegó después de una prolongada confrontación con Rabat y la crisis de Ceuta de 2021. Para entonces, Marruecos ya había conseguido de la principal potencia occidental algo que llevaba décadas buscando, y lo había conseguido en el marco de su acercamiento estratégico a Israel.

Este antecedente es fundamental porque permite entender lo ocurrido en 2026. La política territorial estadounidense vuelve a adquirir un carácter abiertamente instrumental.

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Bajo el volcán

Sobre la recuperación del realismo

Hace unos años, mientras vivía en la isla de La Palma, en el archipiélago canario, entró en erupción el volcán Tajogaite. Las imágenes eran descomunales; no exagero. Sin embargo, ninguna era suficiente para reproducir la experiencia corporal de encontrarse in situ frente al «acontecimiento», utilizando aquí el término en un sentido filosófico.

Lo que más me impresionaba era el movimiento continuo de la tierra bajo mis pies. Por las noches me despertaba una y otra vez y contemplaba cómo la casa se bamboleaba suavemente, como si estuviéramos navegando sobre un lago. Me impresionaba también el rugido persistente del volcán. Unido al enorme penacho que se elevaba sobre la isla y parecía extenderse hasta la estratosfera —como pudimos comprobar después en las imágenes satelitales—, aquel rugido confería a la erupción una dimensión casi estelar, propia de la ciencia ficción.

Ahora bien, lo que me interesa pensar aquí es otra cosa. Allí estaba el volcán, en toda su metafórica majestuosidad, en su descomunal indiferencia hacia nosotros, ajeno a nuestros temores y temblores. El volcán no debatía con nosotros su existencia. No necesitaba de nuestra interpretación ni de nuestro consentimiento para haber ocurrido y seguir ocurriendo, mientras nosotros éramos incapaces de hacer nada para detenerlo.

Tampoco podía ser reducido a la espectacularidad de las imágenes captadas por nuestras cámaras ni a los datos obtenidos mediante nuestros aparatos tecnológicos. El volcán obedecía a procesos y leyes para los cuales nosotros no constituíamos siquiera una exterioridad significativa. Éramos, desde su perspectiva —si se me permite la metáfora—, menos que nada.

Desde el punto de vista filosófico, el volcán se convirtió entonces en la culminación de un giro hacia el realismo que había comenzado algunos años antes y sobre el cual yo había estado trabajando mientras escribía mi tercera investigación, publicada posteriormente con el título Mente y política. Dialéctica y realismo desde la perspectiva de la liberación.

Ese giro implicaba el reconocimiento de que el mundo no es una colonia dócil de nuestros esquemas conceptuales. Pensamos, clasificamos, interpretamos y narramos la realidad, pero eso no significa que la produzcamos soberanamente mediante esos actos. Hay algo que se nos enfrenta, nos limita, nos sorprende y desbarata nuestras expectativas; algo de lo cual dependemos y que, en última instancia, acabará destruyéndonos.

Este reconocimiento es elemental. Sin embargo, buena parte de la filosofía moderna y contemporánea parece haber convertido la relación entre pensamiento y realidad en un problema prácticamente insoluble. Después de Descartes y Kant, la filosofía aprendió a desconfiar no solo de la posibilidad de acceder perceptivamente a las cosas tal como son en sí mismas, sino también —bajo el hechizo del idealismo— de que pudieran existir con plena independencia respecto de las condiciones subjetivas de su aparición. El sujeto, sus categorías, su lenguaje y sus determinaciones históricas pasaron a ocupar el centro de la reflexión. La pregunta por lo que existe fue desplazada progresivamente por la pregunta acerca de cómo conocemos, categorizamos o enunciamos aquello cuya existencia afirmamos.

Indudablemente, este desplazamiento fue intelectualmente fecundo y políticamente eficaz. Nos permitió comprender que ningún conocimiento es completamente neutral, que todas nuestras percepciones deben entenderse desde perspectivas situadas y que las representaciones son construcciones que emergen en el marco de relaciones de poder históricamente constituidas. Sin embargo, también sucumbió a una tentación: confundir la imposibilidad de acceder perceptivamente a la realidad sin mediaciones con la inexistencia de una realidad independiente de esas mediaciones.

El volcán fue un recordatorio de que algo decisivo se pierde cuando olvidamos lo elemental: las condiciones materiales de posibilidad de nuestra existencia como seres corporales y finitos.

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¿Qué has hecho con mi nombre? Argentina, el Mundial y la disputa por la representación

1. El dilema: ¿fútbol o política?

El Mundial de 2026 comenzó mucho antes del primer partido. Si hubiera que asignarle una fecha inaugural, podría elegirse el 5 de diciembre de 2025, cuando la FIFA entregó a Donald Trump la primera edición de un premio creado por ella misma: el FIFA Peace Prize.[1]

El episodio tenía un antecedente inmediato. Trump había manifestado reiteradamente su deseo de recibir el Premio Nobel de la Paz. En octubre de 2025, el Comité Noruego del Nobel decidió otorgárselo a María Corina Machado, una elección también discutible por la trayectoria política de la dirigente venezolana y por sus posiciones respecto del gobierno israelí. Dos meses después, Gianni Infantino entregó a Trump un galardón alternativo durante el sorteo del Mundial.

La decisión no fue el resultado de un procedimiento público. No se conocieron candidaturas, criterios comparativos, deliberaciones ni una instancia independiente de evaluación. La FIFA creó el premio y su presidente se lo concedió al presidente del principal país anfitrión. La actuación de Infantino fue cuestionada por organizaciones civiles, federaciones nacionales y parlamentarios europeos, que solicitaron investigar su posible incompatibilidad con la neutralidad política establecida por la normativa de la propia organización.[2]

La cuestión principal no consiste en determinar si Trump merecía un premio de la paz. Plantear la discusión en esos términos supondría aceptar demasiado pronto la competencia moral que la FIFA decidió atribuirse. El problema es anterior: una organización deportiva convirtió su autoridad institucional en facultad para investir moralmente a un gobernante.

La FIFA no se limitó a expresar una opinión. Creó una distinción, organizó una ceremonia y utilizó uno de los actos centrales del Mundial para conferir reconocimiento público al presidente de Estados Unidos. Puso los recursos simbólicos del fútbol mundial al servicio de una operación de legitimación política.

El gesto anticipó la estructura general del torneo.

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Los trazos de la canción

¿Qué significa Australia, el país de las antípodas?

1

Leí The Songlines en la década de 1990, durante mis largos vagabundeos por Asia del Sur y el Sudeste Asiático. Como viajero de largo aliento, el libro me fascinó. En muchos sentidos, confirmaba —y hasta justificaba— aquella impaciencia que me había lanzado a la carretera: la sospecha de que la vida sedentaria, las fronteras y la propiedad no agotaban las posibilidades humanas de habitar el mundo.

Desde entonces, la obra de Bruce Chatwin ha recibido críticas certeras. Su manera de mezclar observación, invención, apropiación y estilización literaria ha sido examinada con una severidad que, en buena medida, merece. En Argentina, Osvaldo Bayer, autor de la gran investigación sobre las huelgas y los fusilamientos de la Patagonia, juzgó con enorme dureza su obra y su actitud. La distancia entre ambos era profunda. Donde Bayer veía una historia de explotación, resistencia obrera y violencia estatal que exigía investigación y compromiso, Chatwin encontraba materiales para una composición literaria gobernada por la mirada y las obsesiones del viajero.

Nada de eso borra el impacto que su trabajo tuvo sobre mi propio imaginario. Aquel imaginario viajero encajaba, además, con el trasfondo cultural que comenzaba a configurarse en esos años: un mundo de fronteras aparentemente más permeables, comunicaciones globales y desplazamientos incesantes; el mundo que el «nuevo orden mundial», proclamado geopolíticamente por George H. W. Bush, presentaba como el horizonte de una humanidad finalmente unificada y que hoy reconocemos como la configuración cultural de la globalización neoliberal.

El viajero de los años noventa podía imaginarse como habitante de un planeta que empezaba a abrirse. Viajar parecía una forma de liberación frente a las identidades heredadas, las pertenencias obligatorias y las fronteras nacionales. El movimiento prometía una vida más amplia, una disponibilidad ante la diferencia, quizá incluso una forma elemental de cosmopolitismo.

Hoy resulta difícil recuperar aquella inocencia. Sabemos que la movilidad nunca estuvo distribuida de manera igualitaria. Mientras algunos atravesábamos fronteras en busca de experiencia, aprendizaje o aventura, otros eran desplazados por la guerra, el hambre, la expropiación o la necesidad económica. El mismo mundo que celebraba la circulación de mercancías, capitales y viajeros, convertía en sospechosos a quienes se desplazaban sin los documentos, el dinero o la nacionalidad adecuados. La carretera podía ser una elección para unos y una condena para otros.

Australia ocupaba un lugar particular dentro de aquel imaginario. Era el país de las antípodas: el extremo remoto del mundo, el lugar donde quizá fuera posible comenzar de nuevo. En Los lunes al sol, la película dirigida por Fernando León de Araona, y protagonizada, entre otros, por Javier Bardem, incluso quienes han sido expulsados por la reconversión industrial pueden imaginarla como una salida, como el nombre de una vida distinta más allá del horizonte inmediato. Esa Australia pertenece al imaginario de quienes buscan escapar: un territorio lejano sobre el que proyectar la posibilidad de otra existencia.

Pero, vista desde Alice Springs, la imagen se invierte. Australia deja de ser el otro lado del mundo para convertirse en el nombre del orden político que transformó a los primeros habitantes de aquel territorio en ciudadanos de segunda categoría. Para unos, promesa de fuga; para otros, forma histórica de desposesión. Y acaso sea precisamente esa inversión la que obliga a preguntar qué significa realmente «Australia».

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¿La mejor explicación?

Victoria Camps sobre el ocaso de la socialdemocracia

Victoria Camps ha publicado recientemente en El País una tribuna titulada «El ocaso del socialismo», en la que reflexiona sobre la pérdida de impulso histórico de la socialdemocracia europea y sobre las dificultades actuales para sostener una política efectiva de igualdad. Su diagnóstico parte de una preocupación legítima: las conquistas asociadas al Estado de bienestar —la educación pública, la sanidad universal, las pensiones o la protección social— siguen siendo decisivas, pero parecen insuficientes para responder a las formas contemporáneas de desigualdad. La vivienda, la precariedad laboral, el deterioro de la atención primaria, la dependencia, la crisis de los cuidados y la vulnerabilidad de amplios sectores juveniles revelan una distancia creciente entre los derechos proclamados y las condiciones materiales necesarias para ejercerlos.

Camps sostiene que la socialdemocracia no ha agotado necesariamente su potencial histórico, pero sí ha quedado detenida en un modelo concebido para responder a los desafíos de la sociedad industrial. Frente a ello, propone actualizar el Estado de bienestar, desplazarlo desde una lógica meramente asistencial hacia un «Estado providencia activo» y orientar las políticas públicas a la inserción, el empleo, los cuidados y la igualdad efectiva. Su argumento contiene una intuición fundamental: una sociedad justa no debe limitarse a impedir que las personas caigan en la miseria, sino crear las condiciones para que puedan participar realmente en la vida social, trabajar con dignidad, recibir y ofrecer cuidados, construir vínculos y proyectar una existencia no enteramente sometida a la inseguridad.

Este texto parte de ese reconocimiento. Sin embargo, sostendré que la explicación de Camps encuentra un límite decisivo cuando interpreta la crisis de la socialdemocracia principalmente como un problema de voluntad política, cooperación, eficacia institucional y capacidad de convertir principios normativos en resultados. La cuestión no es únicamente por qué los gobiernos no hacen aquello que deberían hacer, sino qué estructuras económicas, jurídicas, tecnológicas y geopolíticas restringen de antemano el campo de lo políticamente posible. En ese punto, la reflexión moral sobre la justicia debe abrirse a una crítica material de las relaciones de poder, acumulación y exclusión que producen sistemáticamente aquello que después se presenta como un déficit de voluntad, de civismo o de responsabilidad democrática.

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¿Quién está contra la IA?

La aristocracia académica se rebela contra su verdugo

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El punto de partida de esta reflexión es el artículo de Pierre Rimbert, «Todo el mundo odia la IA», publicado en el último número de Le Monde diplomatique en español. Rimbert describe una resistencia creciente frente a una transformación tecnológica que amenaza empleos cualificados y administrativos, concentra decisiones estratégicas en grandes corporaciones y se materializa en centros de datos con elevados costes energéticos, hídricos y territoriales. La oposición no se dirige, por tanto, solo contra la automatización, sino contra un modelo de poder que combina sustitución laboral, privatización de decisiones públicas y degradación de las condiciones materiales de vida (Rimbert, 2026).

La resistencia está plenamente justificada. Una transformación tecnológica de esta envergadura no debería imponerse sin deliberación democrática, menos aun cuando concentra los beneficios en grandes empresas y desplaza hacia trabajadores, comunidades y territorios los costes laborales, sociales y ecológicos. A ello se añade un problema distributivo. Como advierte Acemoglu, la IA puede ampliar la distancia entre las rentas del capital y las del trabajo, incluso si sus efectos agregados sobre la productividad son mucho más modestos de lo que promete la retórica empresarial (Acemoglu, 2024).

Pero estar contra la IA no implica, por sí mismo, una posición emancipadora, ni siquiera progresista en el sentido habitual de nuestra cartografía política. El rechazo puede expresar una defensa de los bienes comunes, de las condiciones materiales de vida o de la autonomía democrática. Pero puede también defender privilegios profesionales, monopolios de saber, jerarquías institucionales o posiciones de autoridad amenazadas. Puede incluso presentarse bajo un lenguaje progresista mientras protege intereses de clase ligados a la conservación de los aparatos burocrático-administrativos mediante los cuales el capital organiza y reproduce su poder. Rimbert señala, precisamente, que esta oposición es políticamente heterogénea y puede ser capturada por fuerzas nacionalistas y reaccionarias.

La pregunta no es, por tanto, si se está a favor o en contra de la IA. La pregunta es qué orden social se está defendiendo o transformando cuando se la rechaza.

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Los habermasianos no tiran la toalla

Adela Cortina frente a Enrique Dussel ante el espejo de Gaza

Adela Cortina ha publicado en El País una defensa de la socialdemocracia que merece una consideración en nuestro espacio. En «Salvar la socialdemocracia», aparecido el 24 de junio de 2026, propone separar la idea socialdemócrata de unas siglas partidarias que, a su juicio, ya no la encarnan adecuadamente. Su argumento, en lo esencial, es «razonable»: frente a la corrupción extendida, la desafección de la ciudadanía, la mentira pública generalizada, la degradación institucional y la polarización social y política, Europa necesita recuperar una democracia liberal-social fundada en la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos sociales y una ciudadanía capaz de asumir responsabilidades comunes.

La defensa de la tradición socialdemócrata no es irrelevante. Es difícil negar la importancia histórica del Estado social, de los servicios públicos, de los derechos laborales, de la protección sanitaria, educativa y asistencial, de la limitación democrática del mercado y de la idea misma de que la ciudadanía no se agota en el voto ni en la condición jurídica abstracta. La socialdemocracia europea fue, al menos durante sus décadas doradas, una respuesta parcial pero efectiva a la desposesión producida por el capitalismo industrial y financiero. Incluso hoy conserva recursos normativos y políticos que conviene defender frente a la extrema derecha, el neoliberalismo autoritario y la reducción empresarial de toda relación social.

Sin embargo, el problema no consiste solamente en salvar la socialdemocracia. Consiste en determinar si la intuición histórica de la que emergió la socialdemocracia conserva todavía una realidad efectiva y, en caso afirmativo, bajo qué juicio histórico debe ser rearticulada para ir más allá de sus debilidades relativas y de sus limitaciones absolutas.

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¿Qué significa hoy «antisemitismo»?

Nancy Fraser, el acontecimiento Gaza y la memoria de los derechos humanos en Argentina

En «Gaza as World Event», publicado en el número 158 de New Left Review, Nancy Fraser sostiene que debemos entender Gaza como un acontecimiento mundial. No se refiere exclusivamente a la guerra, a la crisis humanitaria, o a la catástrofe regional que supone. Gaza es un acontecimiento mundial porque altera las categorías morales con las que Occidente ha pensado el genocidio, el lugar de la víctima, la responsabilidad del perpetrador de un crimen de lesa humanidad, la memoria y la reparación.

Fraser formula su tesis del siguiente modo. Gaza revela una crisis del orden moral que se consolidó en Occidente durante la segunda mitad del siglo XX alrededor de Auschwitz. El exterminio de los judíos europeos se convirtió en el emblema del mal radical y en el límite desde el cual podía pensarse la violencia extrema. Auschwitz organizó el lenguaje del «nunca más». Nombraba la prohibición de destruir a un pueblo, de hacer de la pretendida seguridad de un Estado una razón suficiente para el exterminio de una población marcada.

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¿Quién es mi prójimo?

Sobre la parábola del Buen Samaritano en la era de la inteligencia artificial

Al volver sobre el final de mi tesis doctoral de 2010 sobre Charles Taylor, escrita originalmente bajo el título Charles Taylor y la identidad moderna, advierto que muchos de los problemas que estructuraban aquel trabajo reaparecen hoy en el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial no es solo una tecnología nueva. Tampoco es únicamente una herramienta ambivalente, susceptible de usos emancipadores o destructivos según las condiciones políticas en las que se inserte. Es también una nueva figura de una historia larga por la cual la vida, la palabra, el cuerpo y el sufrimiento son traducidos en categorías administrables. Aquello que en Taylor aparecía como problema de la identidad moderna, y en la obra del teólogo Ivan Illich como corrupción institucional del cristianismo, reaparece hoy bajo la forma de una burocracia algorítmica capaz de reorganizar el campo mismo en el que algo puede aparecer como visible, útil, comunicable, gobernable o reconocible.

La pregunta que sirve de hilo conductor no es nueva. Aparece en el Evangelio de Lucas, cuando un legista pregunta a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». La pregunta se dirige a establecer una suerte de delimitación o frontera. El legista quiere saber hasta dónde llega la obligación moral. Quiere saber quién entra dentro del círculo de responsabilidad y quién queda fuera. Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano: un hombre cae herido en el camino. Pasan junto a él un sacerdote y un levita, pero siguen de largo, indiferentes ante el sufrimiento del hombre. Un samaritano, sin embargo, se detiene, se acerca, venda sus heridas, lo lleva a una posada y cuida de él.

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