A sangre fría

El asesinato a sangre fría de Rafael Nahuel por parte de la gendarmería, que en un operativo policial le disparó por la espalda quitándole la vida, devuelve a la sociedad argentina al debate que suscitó la muerte de Santiago Maldonado, quien fue desaparecido de manera forzosa en un operativo policial ilegal que suscitó la repulsa y la consternación de una parte de la sociedad argentina. Su reaparición en las aguas del río Chubut, en cuyas orillas se llevó a cabo el operativo represivo en el marco del cual ocurrió su muerte, alimenta la sospecha que el cadáver del joven fue «plantado» por sus asesinos en el sitio donde fue encontrado después de casi tres meses de búsqueda.

De manera análoga al modo en el que actuaron en el caso de Maldonado, envalentonados por la impunidad que les ha obsequiado la otra parte de la sociedad argentina, la que pide mano dura y se revuelve en la mierda de sus visceras infectas de supremacismo racista, los funcionarios macristas de primera línea: Bullrich, Garavano y la propia vicepresidente de la «República», Gabriel Michetti, justifican el asesinato por un disparo en la espalda del militante mapuche, utilizando como argumento la amenaza terrorista de estos grupos que reclaman el justo cumplimiento de las promesas constitucionales, y denuncian la apropiación corporativa de los bienes comunes y la violación sistemática de sus derechos humanos básicos. Benetton es el caso emblemático, pero otras docenas de corporaciones transnacionales y millonarios locales e internacionales, poseen un porcentaje elevado del territorio nacional, y ejercen en el mismo un poder «ejecutivo» y policial que es efectivo desafío a la soberanía del pueblo argentino. En su nombre, gendarmes y jueces actúan para reprimir a los hijos de la tierra para asegurar supremacía en la zona.

La rapiña por los recursos naturales y los bienes colectivos en manos del Estado nacional por parte de quienes se encuentran detrás de este gobierno es notoria. Se fundió al país con el verso de la corrupción K, para poder saquear con mayor facilidad las arcas del Estado, a través de un complejo entramado financiero que permite que el dinero se traslade de las arcas públicas a los fondos privados en un pase de manos. La deuda argentina se eleva hoy a 250.000.000.000 de dólares. Del otro lado, la pobreza crece exponencialmente: la ecuación es sencilla, la riqueza de unos pocos se paga con la inconmensurable pobreza de los otros. No hay que ser Einstein para entender la injusticia. En todo caso, hay que estudiar en el Newman y luego en la UCA para aprender a mentir con descaro sobre lo más obvio y lo más indecente.

Mientras el gobierno argentino se dedica a beneficiar a los más ricos entre los ricos, y lleva a la población a participar en un «juego de hambre» de todos contra todos que ha elevado la delincuencia y la justicia por mano propia a registros récord, convirtiendo una parte del territorio (aquella que habitan los pobres) en tierra de nadie (es decir, en un lugar de salvaje violencia en el que afloran la organización vecinal de seguridad, las mafias y corrupción policial), la profunda brecha social que caracteriza a las sociedades latinoamericanas se agranda a través de la ingeniería biopolítica del gobierno, que a través de la sofisticada estrategia de manipulación psico-emocional de la población que manufacturan los medios, mantiene a la opinión pública a oscuras.

La estrategia es conocida por todos. Naomi Klein la articuló periodísticamente en su Doctrina del shock hace ya diez años, y advirtió entonces que no eran necesarias catástrofes naturales ni crisis sistémicas para la implementación de un programa de ajuste brutal sobre la población y al servicio de las corporaciones. Las crisis se manufacturan para justificar nuevos y más radicales programas de concentración del capital. La catástrofe económica de la Argentina se inventó para «curarla». Llegamos al 10 de diciembre de 2015 con una pulmonía, y cuando salgamos del hospital nos habrán sacado tres cuartos de nuestros órganos, todos nuestros ahorros y nos tendrán listos para el matadero.

El gobierno actual está en contra de todos los colectivos. Los pueblos originarios, las mujeres como colectivo organizado, los trabajadores (estatales o privados) cuando pretenden autointerpretarse como sujetos sociales y políticos, los jubilados (que viven demasiado), los inmigrantes de tez oscura o de condición «laburante» (que usan «nuestros» hospitales, representan el narcotráfico y violan a «nuestras jóvenes»). Su base electoral son individuos atomizados, cuyo entrenamiento cotidiano es el consumo de odio y desprecio que proveen los medios (ahora sí monopólicos y monotemáticos) que han logrado convertirse en la única voz cantante a través de un concertado ejercicio de persecución ideológica y violación de los derechos a la libertad de expresión y la libertad de información.

Los derechos humanos se desprecian y la clase media se acomoda a esta nueva dispensación: una vuelta de tuerca que ha devuelto a Argentina y al resto de América Latina al mundo: el de Donald Trump, del Breixit, del impiadoso neoliberalismo europeo, de la Guerra contra el Terror, el Fondo Monetario Internacional. Un mundo donde los pueblos y los individuos no cuentan, donde la dignidad de los seres humanos se vende en la bolsa de valores, y hoy cotiza a la baja, mientras las minas de litio, el agua potable, los territorios fértiles, el petróleo, el gas, las minas de cobalto, son las joyas que codician los poderes del mundo.

Argentina es hoy una presa. Y los argentinos, por voluntad propia, la moneda de cambio. El asesinato a sangre fría de Rafael Nahuel es una escena más de esta guerra contra las personas. Bullrich, Garavano y Michetti, quienes dirigen los escuadrones de la muerte.