Hay momentos en los que un intercambio aparentemente banal revela tensiones profundas en la cultura contemporánea. Eso es lo que ocurre con la reciente polémica alrededor de Matthieu Ricard —el “hombre más feliz del mundo”— y el artículo de Javier Cercas en El País,[i] donde salió en su defensa tras la crítica del historiador neerlandés Rutger Bregman.[ii] A primera vista, la discusión gira en torno a la meditación, el altruismo y la felicidad personal. Pero, en realidad, lo que está en juego es la manera en que pensamos el sufrimiento y, sobre todo, cómo ciertas figuras públicas europeas despolitizan estructuralmente la injusticia mediante una retórica moral de la neutralidad.
La controversia se originó cuando Rutger Bregman cuestionó la figura de Ricard, señalando que su mensaje de transformación interior evade las estructuras económicas y políticas que producen sufrimiento. Para Bregman, el énfasis en la felicidad personal —por más bienintencionado que sea— termina funcionando como un dispositivo de adaptación al orden vigente, un modo de neutralizar la indignación moral frente a la injusticia. Cercas respondió defendiendo a Ricard y acusando a Bregman de caricaturizarlo: sostuvo que la vida monástica y la práctica compasiva de Ricard constituyen una forma de ejemplaridad personal y no un proyecto político, y que exigirle acción social sería desconocer la naturaleza de su compromiso espiritual. El problema, sin embargo, no reside en la sinceridad de Ricard ni en la buena fe de Cercas, sino en el marco conceptual desde el que ambos piensan el sufrimiento.
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