Archivo de la categoría: Filosofía

Los habermasianos no tiran la toalla

Adela Cortina frente a Enrique Dussel ante el espejo de Gaza

Adela Cortina ha publicado en El País una defensa de la socialdemocracia que merece una consideración en nuestro espacio. En «Salvar la socialdemocracia», aparecido el 24 de junio de 2026, propone separar la idea socialdemócrata de unas siglas partidarias que, a su juicio, ya no la encarnan adecuadamente. Su argumento, en lo esencial, es «razonable»: frente a la corrupción extendida, la desafección de la ciudadanía, la mentira pública generalizada, la degradación institucional y la polarización social y política, Europa necesita recuperar una democracia liberal-social fundada en la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos sociales y una ciudadanía capaz de asumir responsabilidades comunes.

La defensa de la tradición socialdemócrata no es irrelevante. Es difícil negar la importancia histórica del Estado social, de los servicios públicos, de los derechos laborales, de la protección sanitaria, educativa y asistencial, de la limitación democrática del mercado y de la idea misma de que la ciudadanía no se agota en el voto ni en la condición jurídica abstracta. La socialdemocracia europea fue, al menos durante sus décadas doradas, una respuesta parcial pero efectiva a la desposesión producida por el capitalismo industrial y financiero. Incluso hoy conserva recursos normativos y políticos que conviene defender frente a la extrema derecha, el neoliberalismo autoritario y la reducción empresarial de toda relación social.

Sin embargo, el problema no consiste solamente en salvar la socialdemocracia. Consiste en determinar si la intuición histórica de la que emergió la socialdemocracia conserva todavía una realidad efectiva y, en caso afirmativo, bajo qué juicio histórico debe ser rearticulada para ir más allá de sus debilidades relativas y de sus limitaciones absolutas.

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¿Qué significa hoy «antisemitismo»?

Nancy Fraser, el acontecimiento Gaza y la memoria de los derechos humanos en Argentina

En «Gaza as World Event», publicado en el número 158 de New Left Review, Nancy Fraser sostiene que debemos entender Gaza como un acontecimiento mundial. No se refiere exclusivamente a la guerra, a la crisis humanitaria, o a la catástrofe regional que supone. Gaza es un acontecimiento mundial porque altera las categorías morales con las que Occidente ha pensado el genocidio, el lugar de la víctima, la responsabilidad del perpetrador de un crimen de lesa humanidad, la memoria y la reparación.

Fraser formula su tesis del siguiente modo. Gaza revela una crisis del orden moral que se consolidó en Occidente durante la segunda mitad del siglo XX alrededor de Auschwitz. El exterminio de los judíos europeos se convirtió en el emblema del mal radical y en el límite desde el cual podía pensarse la violencia extrema. Auschwitz organizó el lenguaje del «nunca más». Nombraba la prohibición de destruir a un pueblo, de hacer de la pretendida seguridad de un Estado una razón suficiente para el exterminio de una población marcada.

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¿Quién es mi prójimo?

Sobre la parábola del Buen Samaritano en la era de la inteligencia artificial

Al volver sobre el final de mi tesis doctoral de 2010 sobre Charles Taylor, escrita originalmente bajo el título Charles Taylor y la identidad moderna, advierto que muchos de los problemas que estructuraban aquel trabajo reaparecen hoy en el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial no es solo una tecnología nueva. Tampoco es únicamente una herramienta ambivalente, susceptible de usos emancipadores o destructivos según las condiciones políticas en las que se inserte. Es también una nueva figura de una historia larga por la cual la vida, la palabra, el cuerpo y el sufrimiento son traducidos en categorías administrables. Aquello que en Taylor aparecía como problema de la identidad moderna, y en la obra del teólogo Ivan Illich como corrupción institucional del cristianismo, reaparece hoy bajo la forma de una burocracia algorítmica capaz de reorganizar el campo mismo en el que algo puede aparecer como visible, útil, comunicable, gobernable o reconocible.

La pregunta que sirve de hilo conductor no es nueva. Aparece en el Evangelio de Lucas, cuando un legista pregunta a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». La pregunta se dirige a establecer una suerte de delimitación o frontera. El legista quiere saber hasta dónde llega la obligación moral. Quiere saber quién entra dentro del círculo de responsabilidad y quién queda fuera. Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano: un hombre cae herido en el camino. Pasan junto a él un sacerdote y un levita, pero siguen de largo, indiferentes ante el sufrimiento del hombre. Un samaritano, sin embargo, se detiene, se acerca, venda sus heridas, lo lleva a una posada y cuida de él.

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La distinción tántrica

Sobre el mundo de este cuerpo ordinario

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Una de las respuestas más influyentes al representacionalismo moderno ha consistido en volver al cuerpo. Frente a la imagen de una mente separada del mundo, encerrada en la cabeza y dedicada a representar una realidad exterior, buena parte de la filosofía contemporánea de la cognición ha insistido en que conocer es actuar, percibir, moverse, hablar, sentir y participar desde una corporalidad situada. La mente no estaría primero en el interior para luego salir hacia el mundo; estaría ya comprometida con un mundo a través del cuerpo.

Este desplazamiento ha sido importante. Permitió cuestionar la figura moderna del sujeto abstracto, desencarnado, transparente para sí mismo, separado de la historia, de la afectividad y de las condiciones concretas de existencia. No es casual que algunas obras centrales del enactivismo hayan puesto el acento precisamente en esta dimensión: The Embodied Mind, Mind in Life, Sensorimotor Life, Linguistic Bodies. En todas ellas aparece una misma intuición: no hay mente sin cuerpo, no hay cognición sin acción, no hay sentido sin mundo vivido.

Pero esta respuesta contiene una dificultad que no siempre ha sido pensada con suficiente radicalidad. El regreso al cuerpo puede convertirse en una nueva forma de ingenuidad si supone que el cuerpo vivido nos libera, por sí mismo, de la abstracción, de la ideología, del prejuicio o de la totalidad. Frente a la mente representacional, el cuerpo aparece entonces como un círculo de autenticidad. Uno se ve tentado a pensar que, ante el algoritmo, la respuesta virtuosa es la experiencia directa; ante el cálculo, lo que debemos enfatizar es la sensibilidad que promete preservar nuestra humanidad; ante la abstracción, la exigencia de aferrarnos a una presencia inmediata; y ante la inteligencia artificial, que la resistencia es reivindicar la vida encarnada. No es casual que esta deriva esté en línea con el giro emotivista, con la cultura del mindfulness y con el culto contemporáneo al fitness.

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Burocracia algorítmica: sobre la intimidad exterior

A propósito de Magnifica Humanitas

¿Cómo pensar la inteligencia artificial? ¿Como una herramienta, como un arma, como una tecnología ambivalente que podría servir a fines emancipadores pero que, bajo las condiciones actuales de poder, muy probablemente derive hacia nuevas formas de dominación y destrucción? Estas descripciones tienen algo de cierto, indudablemente. Sin embargo, quisiera pensar la IA como una nueva figura histórica de la totalidad. En muchos sentidos, en ella se condensa la pretensión contemporánea de traducirlo todo a una red funcional de datos, correlaciones y predicciones. La IA no es, por ello, un instrumento más puesto ante nosotros, sino una mediación que reorganiza el campo mismo en el que algo puede aparecer como significativo, útil, visible, comunicable o gobernable.

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¿Tienen los pobres “derecho a tener derechos”?

La derecha católica en su encrucijada

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A pocas horas de la llegada del papa León XIV a Madrid, Isabel Díaz Ayuso convirtió el debate sobre la regularización de personas migrantes en una escena casi perfecta de nuestra confusión moral. La presidenta madrileña se burló de la izquierda por haberse vuelto, de pronto, «capillita», como si la apelación al cristianismo en defensa del extranjero pobre fuera una impostura sentimental, una maniobra oportunista o una ingenuidad fuera de lugar. Pero el problema no estaba en la sinceridad religiosa de sus adversarios. El problema estaba en la frase que ella misma eligió para definir la regularización: «importar pobreza masiva». (*)

La expresión es relevante porque no rechaza solo una medida administrativa. Condensa una visión del mundo. El migrante no aparece allí como una persona que trabaja, forma parte de una vecindad, tiene familia, es creyente o no, estudia, cuida, es camarero o albañil, empleada doméstica o cuidadora de otras personas vulnerables. No. Aquí el migrante aparece como «pobreza importada», como amenaza que llega desde fuera para deteriorar o corromper un orden que se presupone propio, legítimo y amenazado desde la exterioridad. La pobreza deja de ser una relación social producida por estructuras económicas, laborales, políticas y urbanas. Se convierte en atributo del extranjero. El pobre no es alguien empobrecido; es alguien que trae pobreza consigo.

La escena resulta aún más significativa por su marco religioso. Una parte de la derecha española conserva el cristianismo como patrimonio cultural, como marca civilizatoria, como reserva simbólica frente a la secularización, el islam, el progresismo o la pérdida de identidad nacional. Pero cuando el cristianismo se traduce en una exigencia concreta ante el extranjero pobre, cuando deja de funcionar como bandera cultural y comienza a interpelar políticamente la organización de la comunidad, se vuelve incómodo. Entonces aparece la burla: los demás son «capillitas», «más papistas que el papa», ingenuos que no entienden la dureza del mundo real.

Ahora bien, no se trata de juzgar la fe de nadie. La cuestión es otra: ¿qué ocurre con una derecha que invoca la herencia católica como identidad, pero se incomoda cuando esa misma herencia le recuerda la presencia del pobre, del extranjero y del vulnerable? ¿Qué ocurre cuando una sociedad que se dice heredera del cristianismo convierte al migrante pobre en amenaza y al migrante rico en oportunidad?

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Defensa de tesis doctoral: «La vida en la historia. Más allá de la biología, la fenomenología y las ciencias cognitivas»

La defensa pública de la tesis doctoral La vida en la historia. Más allá de la biología, la fenomenología y las ciencias cognitivas tuvo lugar el día17 de abril de 2026, a las 12.00 horas, hora peninsular española, en la sala de grados A. Calsamiglia.

La investigación fue tutorizada por la profesora Raquel Bouso García y contó con los informes externos de Manuel Heras Escribano y Raúl Fornet-Betancourt. El tribunal estuvo integrado por Raúl Fornet-Betancourt —RWTH Aachen University—, Enrique Del Percio —Universidad de Buenos Aires— y Natàlia Cantó Milà —Universitat Oberta de Catalunya—.

El texto que sigue reproduce la intervención preparada para la defensa. En ella se presenta el itinerario intelectual que conduce a la tesis, se expone su hipótesis principal y se sintetiza el desplazamiento argumental que propone: pasar de una comprensión de la vida centrada en la autoorganización, la autonomía y la producción inmanente de sentido, hacia una concepción de la vida como apertura constitutiva a la exterioridad, en diálogo crítico con el enactivismo vareliano, la fenomenología, las ciencias cognitivas y la filosofía de la liberación.

Texto de la defensa

Buenos días. Quiero agradecer a los miembros del tribunal su presencia y el tiempo que han dedicado a este trabajo, así como a la profesora Raquel Bouso por su acompañamiento a lo largo de esta investigación.

Antes de presentar la tesis, quisiera situar brevemente el itinerario intelectual del que surge.

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Relaciones (geopolíticas) peligrosas

Hay nombres que no circulan en el espacio público occidental como meras referencias históricas, sino como signos cargados de autoridad moral. Tíbet, Israel, Venezuela y Cuba pertenecen, de maneras muy distintas, a esa constelación. No son casos equivalentes: no tienen la misma historia, ni la misma estructura política, ni ocupan el mismo lugar en el orden internacional. Sin embargo, comparten una función inquietante: pueden operar como figuras privilegiadas en la gramática imperial que distribuye la compasión, administra la indignación y legitima determinadas formas de violencia.

No me propongo aquí tomar posición sobre la cuestión tibetana frente a China, sobre Israel y Palestina, sobre el exilio cubano frente al castrismo o sobre el exilio venezolano frente al chavismo. El punto es otro: examinar cómo ciertas experiencias de sufrimiento, exilio, persecución o pérdida son transformadas, dentro del campo occidental, en credenciales de autoridad política y justificación moral. Cuando esa transformación se consuma, el potencial crítico de esas causas queda neutralizado: la herida deja de interrumpir el orden y comienza a ser administrada por él; sus representantes, a su vez, corren el riesgo de quedar cautivos del mismo bloque de poder que les concede visibilidad.

Tíbet puede funcionar como imagen espiritual de una nación oprimida por China. Israel puede presentarse como memoria viva de la persecución y del retorno. El exilio cubano puede aparecer como testimonio privilegiado contra el comunismo. El exilio venezolano puede ocupar el lugar de prueba viviente del fracaso del socialismo bolivariano. En todos los casos, el sufrimiento invocado puede ser real. Pero la realidad del sufrimiento no garantiza la inocencia de su uso político.

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La flotilla

Sobre la pacificación como control y la paz como justicia

1. La flotilla y el precio de la paz

La flotilla no cuestiona solo el bloqueo de Gaza. Cuestiona la paz que se quiere imponer: una paz sin justicia, sin reparación y sin reconocimiento; una paz entendida como cierre del expediente, administración del daño y normalización de la violencia.

Su importancia excede la ayuda que transporta. Interrumpe el intento de convertir Gaza en un problema técnico, humanitario o militar, pero no en una acusación contra el orden internacional que ha permitido su destrucción.

El marco no debe minimizarse. Gaza no es una crisis humanitaria abstracta ni un episodio más de la violencia en Oriente Medio. Organizaciones internacionales, organismos de derechos humanos y tribunales han situado lo ocurrido en el campo jurídico y político del genocidio. Amnistía Internacional afirmó en diciembre de 2024 que Israel estaba cometiendo genocidio contra los palestinos en Gaza. En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sostuvo que Israel había cometido genocidio en la Franja. La Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el caso presentado por Sudáfrica bajo la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, con medidas provisionales ordenadas desde enero de 2024. Israel rechaza esas acusaciones. Pero el debate ya forma parte del lenguaje jurídico, diplomático y moral de nuestro tiempo.

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¿«Nacidos para florecer» o «entrenados para no ver»?

La inquietante distopía de Born to Flourish, de Richard Davidson y Cortland Dahl.[1]

Hay libros cuya ingenuidad es demasiado sofisticada para ser inocente. Born to Flourish, de Richard Davidson y Cortland Dahl, pertenece a esta categoría. Su tesis general parece amable: los seres humanos nacemos con la capacidad de «florecer», y ese florecimiento puede cultivarse mediante el entrenamiento de habilidades como la conciencia, la conexión, la comprensión de uno mismo y el propósito. Nada de esto, considerado de manera abstracta, resulta objetable. ¿Quién podría estar contra la posibilidad de vivir con mayor sentido? El problema comienza cuando estas categorías se presentan como si pudieran flotar por encima de la historia, de la economía política, de la violencia imperial, de la devastación ecológica y de las condiciones materiales que hacen posible el malestar contemporáneo.

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