Sobre la pacificación como control y la paz como justicia
1. La flotilla y el precio de la paz
La flotilla no cuestiona solo el bloqueo de Gaza. Cuestiona la paz que se quiere imponer: una paz sin justicia, sin reparación y sin reconocimiento; una paz entendida como cierre del expediente, administración del daño y normalización de la violencia.
Su importancia excede la ayuda que transporta. Interrumpe el intento de convertir Gaza en un problema técnico, humanitario o militar, pero no en una acusación contra el orden internacional que ha permitido su destrucción.
El marco no debe minimizarse. Gaza no es una crisis humanitaria abstracta ni un episodio más de la violencia en Oriente Medio. Organizaciones internacionales, organismos de derechos humanos y tribunales han situado lo ocurrido en el campo jurídico y político del genocidio. Amnistía Internacional afirmó en diciembre de 2024 que Israel estaba cometiendo genocidio contra los palestinos en Gaza. En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sostuvo que Israel había cometido genocidio en la Franja. La Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el caso presentado por Sudáfrica bajo la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, con medidas provisionales ordenadas desde enero de 2024. Israel rechaza esas acusaciones. Pero el debate ya forma parte del lenguaje jurídico, diplomático y moral de nuestro tiempo.
En ese contexto aparece la flotilla. No solo como una operación humanitaria, sino como una interrupción material de la clausura. Barcos que intentan llegar allí donde la ayuda es tratada como amenaza. Activistas que se hacen visibles allí donde el orden dominante exige invisibilidad. Cuerpos que se colocan ante una maquinaria política, militar, mediática y diplomática que necesita administrar Gaza como zona de excepción moral.
La escena reciente lo muestra con crudeza: activistas detenidos, arrodillados, con las manos atadas, mientras Itamar Ben-Gvir los increpa y convierte su humillación en mensaje público. Según las informaciones disponibles, el video fue publicado por el propio ministro israelí de Seguridad Nacional tras la interceptación de la Global Sumud Flotilla. Las imágenes provocaron condenas de la Comisión Europea, de gobiernos europeos, y críticas dentro del propio gobierno israelí.
El hecho decisivo no es solo la humillación, sino su exhibición. Ben-Gvir no actúa como quien teme ser visto. Actúa como quien quiere producir una imagen de autoridad. La violencia no aparece como exceso clandestino del poder, sino como pedagogía pública. En otro contexto, una escena semejante podía provocar escándalo porque revelaba lo que el poder deseaba ocultar. Aquí ocurre algo distinto: el poder muestra la degradación porque sabe que una parte de su público la recibirá como signo de firmeza.
Reducir el problema a Ben-Gvir sería insuficiente. Es un ministro extremista y grotesco, pero no es solo una anomalía. Su obscenidad revela una estructura más extensa. La escena funciona porque existe una comunidad política capaz de entender ese gesto, integrarlo en su gramática afectiva y reconocerlo como acto de soberanía. Las encuestas publicadas por el Israel Democracy Institute y recogidas por diversos medios muestran, entre la población judía israelí, niveles elevados de confianza en la actuación del ejército en Gaza, junto con una distancia marcada respecto del sufrimiento palestino.
Esto no significa que todos los israelíes piensen lo mismo. Hay disidentes, organizaciones de derechos humanos, ciudadanos palestinos de Israel, familiares de rehenes, periodistas, juristas y activistas que se oponen a la guerra, al bloqueo y a la deriva autoritaria. Esa pluralidad existe y debe ser reconocida. Pero no elimina el hecho principal: la violencia contra Gaza ha contado con un campo social suficientemente amplio de legitimación, indiferencia o aceptación como para prolongarse durante meses y para que la humillación pública de activistas pueda presentarse como acto político.
2. Producción compartida del sentido y clausura política
Aquí aparece la cuestión filosófica. Israel, bajo el régimen político actual, permite observar un caso extremo de producción compartida de sentido en condiciones securitarias, mediáticas y tecnológicas muy intensas. La noción enactivista de participatory sense-making fue elaborada para explicar cómo el sentido emerge en la interacción: cuerpos que se coordinan, afectos que se regulan, prácticas que producen un mundo común. La escena de la flotilla obliga a mirar el reverso político de esa intuición. El sentido compartido no garantiza verdad, justicia, ni apertura al otro. También puede producir clausura, complicidad e indiferencia.
Una sociedad puede ponerse de acuerdo consigo misma al precio de excluir del campo de lo sensible el sufrimiento de otros. Puede producir una realidad común en la que la víctima deja de aparecer como víctima y reaparece como amenaza, obstáculo, terrorista potencial, escudo humano, propaganda enemiga o daño colateral. Puede coordinar miedos, agravios y relatos hasta convertir la devastación del otro en condición de su propia seguridad.
No estamos ante ausencia de sentido, sino ante saturación narrativa. Todo encuentra su lugar: la seguridad, la amenaza, el trauma, la defensa, el enemigo, el derecho a existir, el antisemitismo exterior, la traición interior, la necesidad militar. La maquinaria simbólica funciona porque integra cada objeción como confirmación de sí misma. La denuncia de la matanza se presenta como servicio al enemigo. La ayuda humanitaria se convierte en provocación. El testigo es tratado como hostil. La palabra genocidio queda expulsada del campo de lo decible.
La flotilla introduce una fisura. No porque sea pura ni porque pueda resolver por sí sola la historia de Palestina, sino porque restituye una exterioridad mínima: barcos, nombres propios, cuerpos extranjeros, cámaras, testimonios. Su mensaje es elemental: Gaza existe. No puede ser reducida a teatro de operaciones, expediente diplomático o problema interno de seguridad. Es el lugar donde se decide qué alcance conserva la palabra humanidad.
Por eso la respuesta es tan dura. No se trata únicamente de impedir la entrada de ayuda. Se trata de castigar la aparición. Llevar ayuda a Gaza significa afirmar que allí hay seres humanos necesitados de protección, cuidado y reconocimiento. Esa afirmación rompe la lógica del cerco. Si los habitantes de Gaza aparecen como personas concretas, hambrientas, heridas y despojadas, la narrativa securitaria pierde estabilidad. Por eso el testigo debe ser degradado. Por eso el activista debe ser mostrado de rodillas. La imagen dice: nadie entra en este relato sin ser previamente sometido.
La época de las plataformas intensifica esta lógica. La violencia ya no necesita permanecer oculta. Puede circular como contenido. Puede ser publicada, compartida, celebrada, denunciada o reapropiada. No solo documenta un abuso; organiza públicos. Produce adhesión, rabia, orgullo, vergüenza, indignación o burla. El video de Ben-Gvir no pretende convencer a una conciencia imparcial. Busca sincronizar afectos dentro de una comunidad política que necesita confirmar que aún hay control, fuerza y soberanía.
Las tecnologías de vigilancia y la inteligencia artificial pertenecen al mismo régimen, aunque no expliquen por sí solas la violencia. La guerra contemporánea combina clasificación, identificación, perfilado, circulación afectiva y producción de enemigos. El otro aparece cada vez menos como rostro y cada vez más como patrón, amenaza, dato, objetivo o trofeo. La deshumanización no empieza solo en el insulto. Empieza en la organización del mundo de tal modo que algunas vidas ya no puedan interpelar. El rostro se vuelve categoría. La víctima se vuelve variable. El hambre se vuelve problema logístico. La muerte se vuelve cifra.
Desde aquí se entiende mejor el límite político de cierta celebración del sentido compartido. Si la producción participativa del sentido se piensa sin una teoría de la exterioridad, puede terminar valorando la emergencia de mundos comunes sin preguntar por sus víctimas. Pero no todo mundo común es justo. No toda coordinación es ética. No toda participación produce reconocimiento. También hay participación en la negación, en la obediencia, en la indiferencia y en la crueldad. También hay comunidades cohesionadas alrededor de una mentira.
La flotilla obliga a distinguir entre paz y pacificación. La paz exige justicia, reconocimiento y reparación. La pacificación exige silencio, administración y cierre. La paz abre la posibilidad de un futuro común. La pacificación estabiliza la victoria de unos sobre la desaparición política y material de otros.
La paz que se ofrece al mundo en nombre de la seguridad de Israel parece exigir que Gaza sea aceptada como precio: el hambre, la destrucción de hospitales, escuelas, viviendas, archivos y familias; los muertos; los supervivientes convertidos en excedente; la comunidad internacional condenando excesos mientras tolera la estructura que los produce.
Ben-Gvir muestra la obscenidad de esa pacificación. No porque sea una excepción absoluta, sino porque elimina el pudor. Donde la diplomacia habla de equilibrio, él muestra dominación. Donde los gobiernos hablan de seguridad, él exhibe humillación. Donde el lenguaje oficial mantiene una distancia higiénica respecto de la violencia, él la convierte en espectáculo. Su vulgaridad tiene valor diagnóstico: muestra lo que la gramática presentable de la pacificación necesita encubrir.
Pero la imagen también se le escapa. Ese es el riesgo de toda puesta en escena del poder. Lo que busca producir obediencia puede producir testimonio. Lo que pretende exhibir soberanía revela degradación moral. Lo que quiere mostrar fuerza muestra miedo: miedo a la ayuda, al testigo, al juicio, a que una paz construida sobre la destrucción sea nombrada por lo que es.
3. La ayuda como acusación
La flotilla no amenaza una paz verdadera. Amenaza la tranquilidad de quienes han aprendido a convivir con la destrucción de Gaza mientras no se los obligue a mirarla. Incomoda a las cancillerías que condenan los excesos pero preservan la estructura. Incomoda a las plataformas que convierten la humillación en contenido. Incomoda a una filosofía que celebra la emergencia del sentido sin preguntarse quién ha quedado fuera del mundo que ese sentido produce.
Por eso importa. Recuerda que no hay paz cuando la estabilidad de unos requiere la desaparición política, material y simbólica de otros. Muestra que el sentido compartido puede convertirse en una máquina de clausura. Obliga a pensar que una sociedad muy coordinada consigo misma puede ser, precisamente por ello, incapaz de paz.
La flotilla lleva ayuda. Pero lleva también una acusación: contra Israel, contra el mundo que negocia con la destrucción, contra las diplomacias que confunden equilibrio con justicia, contra las plataformas que distribuyen la humillación y contra toda teoría que olvida preguntar por las víctimas del mundo que describe.