La escala y el fondo

Esta entrada se escribe a partir de un mensaje casual del amigo Del Percio en WhatsApp. La distinción del pensador argentino es conocida, pero en su formulación digital produjo resonancias inesperadas. Por un lado, nos decía, tenemos el optimismo y el pesimismo. Por el otro, la esperanza. 

La escala se extiende en un espectro que va desde la banalidad y la euforia que produce el poder y la gloria en un extremo, hasta la desesperación suicida o asesina en el otro —desesperación marcada por el sinsentido, el fracaso o el sometimiento. De este modo, uno puede ser optimista o pesimista circunstancialmente. 

No obstante, hay que tener en cuenta también que hay caracteres marcados por tonalidades afectivas que los inclinan existencialmente a encarnarse en uno u otro tipo. O para decirlo de otro modo —con el lenguaje reduccionista de la genética— hay quienes cargan en su ADN un desequilibrado porcentaje de genes que los orientan hacia uno u otro extremo. 

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El fin de una ilusión

Argentina definió sus precandidatos para las elecciones que se celebrarán este año. La primera impresión es que la derecha y el peronismo «progresista» han llegado a un acuerdo tácito, impronunciable. Se discutirá de todo, menos de lo más importante. 

El establishment político avanza hacia un consenso que recuerda el de los años noventa sobre las privatizaciones. Esta vez, lo que se entregarán son recursos clave como el litio, y con ello soberanía política, justicia social e independencia económica. 

El modelo que viene es decididamente extractivista. La política, de ajuste profundo. La deuda, una vez más, servirá para arrodillar a las clases populares. 

En este contexto, la izquierda parece la opción más decente, aunque se la acuse de trasnochada. La derecha institucional promovió a Milei para correr la discusión al extremo y presentar como aceptable su beligerancia frente a las monstruosidades retóricas del candidato de ultraderecha. Instalar las propuestas de la izquierda en la agenda popular, obligará al peronismo «progresista» a moverse en dirección contraria. 
Con la actual distribución de fuerzas, Jujuy se convirtió en un espejo narcisista. Vimos y escuchamos la impúdica defensa de la sangre y el fuego por parte de la derecha. Pero también fuimos testigos del entente del radicalismo xenófobo de Morales y el peronismo entreguista. 

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Talantes filosóficos

Sobre el realismo y el antirrealismo

Introducción

Uno de los debates filosóficos más encendidos del momento gira en torno a cuestiones relativas a lo real y respecto al acceso al mismo – es decir, acerca de la verdad. Fenómenos en la esfera pública como la llamada «posverdad» le otorgan al debate una apariencia de manifiesta actualidad. Lo cierto, sin embargo, es que en este caso estamos hablando de un tema que está en el origen de la filosofía misma, que, hasta cierto punto, define el marco de la filosofía teórica, y pone las bases para cualquier discusión en la esfera de la filosofía práctica. 

En los últimos años, primero a partir de mis estudios en torno a la obra de Charles Taylor y Alasdair MacIntyre, y posteriormente, en mi esfuerzo por comprender a los llamados «nuevos realistas» (Quentin Meillassoux, Graham Harman, Maurizio Ferraris y Markus Gabriel) y sus críticas al posmodernismo, me he inclinado, con cada vez más empeño, por presentar mi especulación filosófica en términos «realistas». Esto es especialmente significativo teniendo en cuenta que mi formación filosófica no es solo Occidental, sino también Oriental (he pasado los últimos treinta años de mi vida familiarizándome con la tradición inaugurada por el pandita indio Nāgārjuna y sus seguidores tibetanos). En este contexto, he llegado, contra una extensa bibliografía académica y de divulgación, a interpretar a Nāgārjuna como un «realista consumado», en contraposición a muchos autores que tienden a leerlo como un antirrealista. 

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Los límites del moralismo. Sobre la guerra en Ucrania y la crisis de deuda en Argentina

Sobre los principios universales

En este artículo quiero referirme al fenómeno del «moralismo». Especialmente, lo que me interesa es el moralismo en la política y en la vida académica e intelectual. Para articular mi argumento utilizaré como ilustración las dos circunstancias que he tratado en mis artículos anteriores: la guerra de Ucrania, y la crisis de deuda que vive hoy Argentina. 

Comencemos definiendo el moralismo. La definición se la debo a Alasdair MacIntyre, quien, en su más reciente obra, Ethics in the Conflicts of Modernity, señala que el moralismo gira alrededor de una comprensión de la obligación que requiere la adopción de una perspectiva impersonal y universal que interpela a todos por igual y, por tanto, resulta hipotéticamente ineludible. Dice MacIntyre: 

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«OTRA VEZ SOPA». Sobre la superficialidad de la política representativa en tiempos de crisis

Sobre la ilegitimidad de la deuda

En este artículo quiero referirme, a través de un par de anotaciones, (1) a la deuda contraída por Mauricio Macri y sus acólitos con la banca privada y el Fondo Monetario Internacional, y (2) a la legitimación que, en los días pasados, el gobierno de la Nación argentina encabezado por el presidente Alberto Fernández, acompañado por las dos Cámaras del Congreso de la Nación, hicieron de esos préstamos espurios al autorizar el acuerdo de refinanciación con el organismo internacional. 

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Tiempo de revuelta

Es difícil evitar la calificación «traición» al referirse a Alberto Fernández. Sin embargo, no parece haber otro calificativo más ajustado a la realidad [1]. El presidente ha traicionado al pueblo argentino. Un pueblo golpeado por cuatro años traumáticos de neoliberalismo desacomplejado, una pandemia global, más de cien mil muertos, una inflación crónica que supera el 50% anual desde hace ya cuatro años, una pobreza en ascenso que ha convertido el alimento en un bien de lujo, y a ello hay que sumarle la decepción y frustración de la población ante un gobierno que se decía nacional y popular, llegado a través de un dispositivo electoral frentista formado por enemigos explícitos hasta hacía muy poco, unidos exclusivamente ante el espanto que supuso tener a Macri y a sus acólitos en la Casa de gobierno, endeudando al país para facilitar la desposesión sistemática a través de la fuga, y la persecución de opositores políticos y sociales, por medio de una organización delictiva en el seno del Estado, que en todos los sentidos es equiparable al accionar de la ominosa dictadura militar genocida.  

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Teoría y praxis

Sobre intelectuales y expertos

Como investigador estoy obligado a responder ciertas preguntas previas a mi actividad investigadora: ¿para qué investigo? ¿Por qué quiero saber ciertas cosas? ¿Por qué me empeño en encontrar respuestas a ciertas preguntas? ¿Por qué quiero resolver ciertos problemas?

Obviamente, cuando digo que estas preguntas son «previas» a la actividad investigadora que desempeño, no quiero decir que primero tengo que resolver estas preguntas (o incluso formularlas), antes de poder llevar a la práctica la investigación. Generalmente ocurre justamente lo contrario. Descubro el por qué y el para qué en el proceso mismo de la práctica investigadora. O, para decirlo de otro modo, soy capaz de articular plenamente lo que me motiva, el genuino objeto que anima mi voluntad de saber, a medida que avanzo en mi tarea. 

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La guerra y el camino de la verdad

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¿Cómo pensar la verdad en relación con esta guerra? Lo primero es el dato duro: las vidas truncadas, las muertes, los refugiados, el miedo, las hostilidades, eso que llamamos “la realidad objetiva” en su dimensión “superficial”, aparente, inmediata. 

Luego, tenemos la “realidad subjetiva”, aquello que pensamos que está pasando al observar la realidad en su dimensión superficial, aquello que, interpretamos, está oculto bajo la inmediatez de los hechos desnudos. 

Ahora bien, ¿qué vinculación existe entre la realidad objetiva y la realidad subjetiva? En nuestra época en la que el arte del marketing, de la propaganda, de la posverdad, como le llaman algunos, ese vínculo parece roto. Por ese motivo, hay una urgencia por pensar una vez más la verdad, para poder decir la realidad y actuar en ella. Esa es la genuina vocación del filósofo. Como nos enseñó Marx, no se trata de interpretar el mundo, sino de transformarlo. 

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Ese monstruo grande

 Es fácil entender que los que sufren las consecuencias (de la guerra) consideren que es de una complacencia inaceptable indagar por qué ocurrió y si se podría haber evitado. Comprensible, pero equivocado. Si queremos responder a la tragedia de modo que ayude a las víctimas y evite las catástrofes aún peores que se avecinan, es prudente y necesario aprender todo lo que podamos sobre lo que salió mal y cómo se podría haber corregido el rumbo. Los gestos heroicos pueden ser gratificantes. No son útiles.

NOAM CHOMSKY

La invasión de Ucrania y la guerra en curso nos enfrenta a toda clase de aporías. Es difícil pensar constructivamente lo que está ocurriendo mientras contemplamos en nuestros televisores la destrucción en el terreno y las profecías ominosas que expresan nuestros analistas sobre nuestro futuro global.

La alternativa cómoda en estos momentos es la condena unánime y sin cortapisas del crimen cometido por el gobierno ruso contra el derecho internacional, olvidando enteramente el trasfondo que nos ha traído a las actuales circunstancias.  

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El desierto

Introducción

Comencemos, una vez más, desandando el camino que hemos hecho hasta el momento. Para ello, permítanme comentar, parafraseándola, una cita del filósofo político estadounidense Michael Walzer que, a mi modo de ver, sintetiza el espíritu de lo que estamos haciendo.

El contexto es una reflexión sobre la significación del éxodo del pueblo judío. Walzer resume su estructura narrativa del siguiente modo. 

(1) El punto de partida es “Egipto”, que simboliza la esclavitud del pueblo judío. (2) En el horizonte, tenemos la libertad, en la figura de la “tierra prometida”: Israel. (3) Entre el estado de esclavitud e Israel (la tierra prometida), lo que tenemos es un camino. No hay alternativa. Si queremos llegar a Israel, hay que cruzar el desierto, y para ello hay que caminar, hay que “unirse (a otros) y caminar”. 

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